Participantes: Fini, Antonio Muñoz, Pili, Paco Ponferrada, Manuel de Rincón, Miguel
González, Manolo, Paco Zambrana,
Enrique, Victoria, Paco Hernando, Antonio Usieto, Lucía y Jesús
Distancia recorrida: 7 km.
Desnivel acumulado: 350 m.
Como el miércoles 4, primer miércoles de mes, llovió y no salimos, en este tocaba celebrar la comida mensual. Pili y Paco Ponferrada reservaron en el bar Manolo cerca de su casa de Salobreña.
Bienvenidos a Victoria, Enrique y Paco Hernando que hacía mucho tiempo que no salían.
Desayuno en La Cumbre, antes de llegar a Molvízar. Buen pan con aceite y tomate. Este restaurante nos ha solucionado los desayunos cuando vamos por Molvízar e Ítrabo. Muchas gracias a Jesús que invitó al desayuno celebrando anticipadamente su 80 cumpleaños.
Subimos con los coches al collado
que separa el valle de la rambla de Molvízar del valle del río Verde y de allí
partimos al sur por un empinado carril, a veces hormigonado, hacia el cerro de
Ítrabo omnipresente ahí delante de nosotros. El carril va por la cresta de la
loma de Juan Teresa que separa los valles, con unas vistas preciosas tanto al
este, a la rambla de Molvízar, como al oeste, al río Verde.
Tomamos la pendiente con calma,
siguiendo el carril, siempre al sur, hasta que gira un poco al este para evitar
la cumbre del cerro de Ítrabo. Dejamos el carril y atacamos la cercana cumbre y
su vértice geodésico que era el objetivo de Manolo. El cerro nos aportó la
visión de la blancura de la cresta de Sierra Nevada entre el Mulhacén y el
Veleta, al noreste, el Mediterráneo y Almuñécar al suroeste y una muy buena
vista de Ítrabo desde lo alto.
Hechas las correspondientes
fotografías volvimos al carril para continuar al sur al siguiente objetivo: el
cerro del Águila, de menor cota que el de Ítrabo. El ascenso al Águila es muy suave.
Ofrece unas vistas muy buenas sobre todo al oeste con Almuñécar allá abajo. Hay
en él un punto de despegue de parapentes y cuando bajábamos subía un extranjero
con toda la impedimenta del parapente.
El tercer objetivo era un nuevo
cerro, innominado, más al sur que el Águila, coronado por un par de enormes
depósitos de agua. Que el agua llegase a esas cotas era un poco intrigante.
Tuvimos la suerte de que hubiera allí un par de operarios y les preguntamos. El
agua viene del embalse de Béznar por una gran tubería y les deja el agua en la
cota 400, bombeándola hasta los depósitos para dar riego a todo alrededor:
Salobreña, Almuñécar, Jete, Otívar, Ítrabo y Molvízar; una enorme sociedad de
regantes dos de cuyos mantenedores fueron los que encontramos al lado del
depósito.
Aún había un cuarto cerrillo
hacia el sureste, pero consideramos que no nos aportaría mejores vistas y lo
dejamos para regresar al collado donde estaban los coches por un carril que iba
a media ladera. Entretanto el extranjero del parapente había remontado el vuelo
y nos saludaba desde el aire.
Las lluvias pasadas han dejado la
tierra ahíta de agua y la primavera está llenando de verdor todas las laderas.
Entre ese verdor encontramos tres tipos de orquídeas: Anacamptis
papilionacea, y Ophrys fusca y tenthredinifera.
Con los coches pusimos rumbo a
Salobreña, detrás del coche de Ponferrada, para ir al nuevo ambulatorio de
Salobreña, tremendo ambulatorio aún sin estrenar. Allí, al pie del acantilado
del cerro de Salobreña, hay un precioso manantial que echaba un gran chorro de
agua. Después nos acercamos al Peñón de Salobreña, en la playa, rodeado de agua
y arena. Es un cerrillo pequeño, pero alberga algunas especies endémicas como
el Senecio leucanthemifolius, que lo cogimos en flor, y unas
grandes matas de cambrón.
Muy contentos con el manantial y
las plantas del Peñón, seguimos detrás del coche de Ponferrada que nos llevó al
restaurante Manolo.
Pili y Paco son habituales del
restaurante cuando están en Salobreña y ellos se encargaron de pedir. Unas
cervezas que vinieron con una tapa de boquerón sobre guacamole. Después cuatro
raciones de pulpo en salsa, cuatro de migas con pimientos y cuatro enormes
bandejas de fritura. Delicioso todo lo que pusieron, con un excelente servicio.
Para beber, unos cervezas y otros unas botellitas de Godello. Terminamos con
unos postres variados. Excelente restaurante tanto por la comida como por el
sitio, al borde del mar.
Para bajar la comida nos
acercamos a conocer la casa de Pili y Paco, al borde mismo de la playa, y luego
anduvimos el destrozado paseo marítimo que lleva a La Caleta y un trecho más al
este al pie de los acantilados.
Día soleado, sin viento, con
bonito paseo por las crestas de Ítrabo, con un poco de turismo en Salobreña y con
una deliciosa comida. Un día de 10 que agradecemos a Manolo que preparó la ruta
y a Pili y Paco que se ocuparon del condumio.


















